Lecturas Complementarias
El estudiante deberá leer los 3 relatos abajo dispuestos, como lecturas adicionales a la que semanalmente se hace en clases, el taller de cada lectura y sus preguntas se les dará a conocer en el aula.
Cada lectura deberá entregarse impresa con el taller.
– La muerte del obispo
En la
comisaría principal de la pequeña ciudad de Torreroca, a la detective
Piñango le llegó la noticia de una muerte que había conmocionado a gran
parte de la ciudad. El obispo de la Basílica Mayor de la ciudad había
muerto en extrañas circunstancias.
El padre
Henry era muy querido por la comunidad. Los miembros de ésta destacaban
sus constantes labores altruistas en pro de la población, además de su
capacidad para integrar las distintas creencias del pueblo.
La detective
Piñango recibió el informe de la autopsia, que indicó que el padre Henry
había muerto súbitamente, pero que no había indicios de asesinato. Este
informe lo firmó la forense Montejo, reconocida profesional de gran
prestigio en Torreroca.
Sin embargo, Piñango desconfiaba.
―¿Qué crees tú, González? ―preguntaba la detective a su compañero de labores.
―En efecto detective, hay algo que suena raro.
Piñango y
González acordaron entonces trasladarse hasta la casa parroquial, donde
residía el sacerdote. Aunque no tenían una orden judicial para entrar,
los policías se entrometieron en el hogar.
―¿Qué son todas estas figuras, Piñango? ―preguntó González, incrédulo de lo que veía.
―Sin lugar a dudas, son imágenes budistas. Buda está en todas partes ― contestó.
―¿Pero el padre Henry no era católico? ―cuestionó González.
―Eso tenía entendido.
A la
detective Piñango le pareció sumamente sospechosa la presencia de un
pequeño frasco al lado de la cama del párroco. En el envoltorio decía
que eran unas gotas de sándalo.
Piñango se
llevó el frasco para analizarlo en la comisaría. Los resultados fueron
inconfundibles: lo que contenía el frasco era arsénico, ¿pero quién
podría haber asesinado al padre Henry? Todas las dudas recayeron en la
comunidad budista de Torreroca.
Piñango y González se acercaron a la tienda de productos budistas que se encuentra diagonal a la plaza Mayor.
Cuando
entraron, la dependienta se metió en la parte trasera a buscar algo,
pero no regresó. Piñango se dio cuenta y salió a la calle, donde comenzó
una persecución
―¡Detente! ¡No tienes escapatoria! ―gritó. En cuestión de minutos logró capturar a la encargada.
La mujer que
atendía la tienda budista respondía al nombre de Clara Luisa Hernández.
Rápidamente, después de su detención, confesó su crimen.
Resulta que
Clara Luisa, mujer casada, mantenía una relación sentimental con el
padre Henry. Éste le comunicó que ya no quería seguir con la misma y
ella decidió asesinarlo.
– Paredes invisibles
Los oficiales
Roberto Andrade e Ignacio Miranda se dirigieron a una pequeña casa
ubicada en un barrio de clase media alta de la ciudad.
Fueron
destinados a investigar dentro de ella, porque se encontraban
investigando sobre un fraude fiscal enorme, producto de la corrupción
que habían perpetrado unos miembros del ayuntamiento.
A eso de las
seis de la tarde, los policías llegaron a la casa. Traían consigo una
orden judicial que les permitía entrar seas cuales fueran las
circunstancias.
Para
comenzar, Andrade y Miranda tocaron la puerta. Nadie contestó. Volvieron
a tocar y escucharon unos pasos. Una linda viejecita les abrió la
puerta.
Los policías,
amablemente, le explicaron la situación y las razones por las cuales
tenían una orden de cateo para entrar a la casa.
La señora
entendió la situación aunque les explicó que ella no tenía ninguna
relación con las personas investigadas y que no las conocía. De
cualquier manera los oficiales debían entrar, algo que la señora aceptó.
Posteriormente,
los dos policías comenzaron a registrar la casa. La anciana les
indicaba que no iban a encontrar nada, pues ella era la única que vivía
en esa casa desde que enviudó. Sin embargo, en ningún momento
interrumpió la labor policial.
―Parece que no vamos a encontrar nada, Ignacio ―le dijo Roberto Andrade.
―No se ve ningún indicio de dinero escondido, tal y como las investigaciones indicaban. Creo que esto es un fiasco ―le contestó.
Finalmente, los oficiales salieron al gran patio trasero de la casa, que a la vez era un jardín con muchos árboles.
― ¿Recuerdas
que el señor Vallenilla, uno de los investigados en la trama, es amante
de los bonsáis? ―le preguntó Miranda a Andrade.
―Ciertamente. Es verdad.
Miranda hizo
ese comentario mientras señalaba una parte del jardín lleno de bonsáis,
de todo tipo. Los bonsáis estaban dispuestos por filas. Cada una de
ellas tenía bonsáis de un tipo.
En una había
pequeños árboles de naranja, en el otro había pequeños árboles de limón y
así consecutivamente. Una de las filas que más destacaban era la de
árboles tipo bonsáis que parecían auténticamente japoneses. De hecho,
había varias de estas filas.
― ¿Excavamos? ―preguntó Andrade.
―Por supuesto ―contestó Miranda.
Aunque no
tenían herramientas para excavar en la tierra, los policías comenzaron a
hurgar por los lugares donde estaban sembrados los bonsáis con la mano.
―Creo que estoy tocando algo firme ―dijo con efusividad Miranda.
― ¡Muy bien!
En efecto
había sido así. Les llevó un par de horas lograr desenterrar toda una
gran caja que estaba sellada por los cuatro costados.
―Ahora el reto es abrirla ―afirmó Andrade.
Aunque fue
bastante complicado, gracias a un martillo que los policías
consiguieron, lograron romper uno de los costados de la caja.
Con mucha
paciencia, fueron deshaciéndose de gran parte de una de la superficie de
la caja para poder abrirla. En poco tiempo ya habían podido abrirla.
― ¡Bien
hecho! ―entonaron al unísono. Dentro de la caja había miles de billetes
envueltos en ligas, de varias denominaciones. Se pudo constatar que
dentro de la casa estaba escondido dinero.
Los oficiales
cargaron la caja hasta el interior de la casa y se percataron que no
había rastros de la anciana que les había abierto la puerta. No le
dieron importancia a este hecho y se dispusieron a salir.
Cuando intentaron hacerlo, pasó algo inverosímil, que sin duda Andrade y Miranda nunca hubiesen esperado.
― ¡Hay una pared invisible! ―exclamó Miranda.
Los oficiales
de policía pudieron abrir la puerta de la casa sin inconvenientes y
podían ver el exterior de la casa. Sin embargo, ¡no podían salir!
― ¡No entiendo qué está pasando! ―gritó Andrade.
De pronto, la dulce viejita apareció con una mirada maquiavélica., apuntándoles con un arma.
― ¡No podrán salir! Esta casa está protegida con un sistema que activa un campo electromagnético que bloquea todas sus entradas.
Rápidamente, Andrade se dispuso a sacar su arma, cuando se percató que no estaba. Miranda hizo lo mismo.
― ¡Sois tan tontos que os habéis quitado las armas cuando estaban desenterrando la caja! ―gritó la vieja.
Los policías estaban impactados. No sabían qué hacer. Eran conscientes de que la vieja los había tomado por rehenes.
― ¡Dejad la caja y huid, si queréis vivir!
Los dos policías se miraron de una forma cómplice y soltaron la caja. De inmediato, arrancaron a correr fuera de la casa.
―No podemos contar nada de esto en comisaría ―dijo Andrade.
―Por supuesto que no ―sentenció Miranda.
– La manzana asesina
Érase una
vez, un pequeño pueblo llamado San Pedro de los Vinos. En él, la
comisaría de su pequeño cuerpo de policía se encontraba de luto, pues
recientemente había fallecido el comisario jefe, Ernesto Perales.
Aunque era un
hombre mayor, su muerte sorprendió a muchos, lo que hizo que el dolor
se embargara mucho más. Pero la oficial de policía Alicia Contreras no
se creía el cuento de que había muerto durmiendo en su hogar,
tranquilamente.
―Yo no me creo esa versión ―decía Alicia a sus compañeros.
―Era un
hombre mayor. Tiene a su familia, le debemos respeto a su memoria y su
descanso Alicia ―le replicó Daniela, una de las compañeras.
Sin embargo,
otra oficial, Carmen Rangel, escuchaba con cierto interés las teorías de
su compañera Alicia. A ella, tampoco le parecía muy correcto el relato
de la muerte del comisario Perales. Ambas se dispusieron a hablar con la
forense encargada, que no tuvo problema en, antes de que el cuerpo
fuese enterado, hacerle una autopsia.
Cuando esta
autopsia fue realizada, se llevaron una gran sorpresa. Aunque el
comisario Perales era un ávido consumidor de manzanas, la sorpresa fue
que en su estómago tenía manzanas, pero envenenadas con cianuro, ¿pero
quién era la Blancanieves de esta historia?
― ¿Pero quién lo ha matado? ―preguntó Carmen, exaltada.
―Yo creo saberlo.
Recientemente, Daniela había tenido un hijo. Ella nunca dijo quién era el padre, ni tampoco fue un tema de importancia.
Algunos de
los compañeros, habían afirmado que su hijo tenía un gran parecido al
comisario Perales, algo que habían tomado como una cortesía.
―¡Has sido tú
quien le ha matado! ―le gritó Alicia a Daniela. Esta última, sacó su
arma y sin mediar tintas le disparó, sin conseguir matarla. Los demás
compañeros le dispararon a Daniela, que después de ser detenida y
llevada al hospital, confesó su crimen pasional.

Comentarios
Publicar un comentario