TALLER No. 14
INSTRUCCIONES:
Señoritas y
señores estudiantes de octavos
"A" al "E". De acuerdo al cronograma enviado por el
ministerio, realizar las siguientes tareas en sus cuadernos, que serán revisados
al término de la emergencia.
INSTRUCCIONES:
Señoritas
y señores estudiantes de octavos
"A" al "E". De acuerdo al cronograma enviado por el
ministerio, realizar las siguientes tareas en sus cuadernos, que serán revisados
al término de la emergencia.
TEMA:
PÁRRAFO DESCRIPTIVO
1)
Haga una noticia sobre su colegio, de diez líneas con descripciones, es decir
expresando sus características, utilice al menos tres párrafos descriptivos.
2) LECTURA
COMPRENSIVA
Tomado de la novela
"CORAZÓN". Autor, Edmundo de Amicis
Lea
el siguiente texto y responda las
preguntas abajo indicadas.
OCTUBRE
EL
PRIMER DÍA DE ESCUELA
Lunes
17
¡Primer
día de clase! ¡Se fueron como un sueño los tres meses de vacaciones pasados en
el campo! Mi madre me llevó esta mañana a la sección Baretti para inscribirme
en la tercena elemental. Yo me acordaba del campo e iba de mala gana. Todas las
calles que desembocan cerca de la escuela hormigueaban de muchachos; las dos
librerías próximas estaban llenas de padres y madres que adquirían carteras,
cuadernos, cartillas, plumas, lápices; en la puerta misma se apiñaba tanta
gente que el bedel, auxiliado por los guardias municipales, tuvo que poner
orden. Al llegar a la puerta sentí un golpecito en el hombro: volví la cara y
era mi antiguo maestro de la segunda, jovial, simpático, con su cabello rubio
rizoso y encrespado, que me dijo: -Conque, ¿nos separamos para siempre,
Enrique? De sobra lo sabía yo; y, sin embargo, ¿aquellas palabras me hicieron
daño! Entramos, por fin, a empellones. Señoras, caballeros, mujeres del pueblo,
obreros, oficiales, abuelas, criadas, todos con niños de la mano y cargados con
los libros y objetos antes mencionados, llenaban el vestíbulo y las escaleras
produciendo un rumor como el de la salida del teatro. Volví a ver con alegría
aquel gran zaguán del piso bajo, con las siete puertas de las siete clases, por
el cual yo había pasado casi a diario durante tres años. Las maestras de los
párvulos iban y venían entre el gentío. La que había sido mi profesora de la
primera superior me saludó diciendo: -¡Enrique, tú vas este año al piso
principal, y ni siquiera te veré al entrar o salir! –y me miró apenada. El
director estaba rodeado de madres que le hablaban a la vez; pidiendo puesto
para sus hijos; y por cierto que me pareció que tenía más canas que el año
anterior... Encontré algunos chicos más gordos y más altos que cuando los dejé;
abajo, donde ya cada cual estaba en su sitio, vi algunos pequeñines
resistiéndose a entrar en el aula y que se defendían como potrillos,
encabritándose; pero a la fuerza los introducían. Aun así, algunos se escapaban
ya una vez sentados en los bancos, y otros, al ver que se marchaban sus padres,
rompían a llorar, y era preciso que volvieran las mamás, con todo lo cual la
profesora se desesperaba. Mi hermanito se quedó en la clase de la maestra
Delcatti; a mí me tocó el maestro Perboni, en el piso primero. A las diez, cada
cual estaba en su sección; cincuenta y cuatro en la mía; sólo quince o
dieciséis eran antiguos condiscípulos míos de la segunda, entre ellos Derosi,
que siempre sacaba el primer premio. ¡Qué triste me pareció la escuela
recordando los bosques y las montañas donde acababa de pasar el verano! Me acordaba
también ahora con nostalgia de mi antiguo maestro, tan bueno, que se reía tanto
con nosotros; tan chiquitín que casi parecía un compañero; y sentía no verlo
allí con su rubio cabello enmarañado. El profesor que ahora nos toca es alto,
sin barba, con el cabello gris, es decir, con algunas canas, y tiene una arruga
recta que parece cortarle la frente; su voz es ronca y nos mira a todos
fijamente, uno después de otro, como si quisiera leer dentro de nosotros; no se
ríe nunca. Yo decía para mía: “He aquí el primer día. ¡Nueve meses por delante!
¡Cuántos trabajos, cuántos exámenes mensuales, cuántas fatigas!”. Sentía
verdadera necesidad de volver al encuentro de mi madre, y al salir corrí a
besarle la mano. Ella me dijo: -¡Ánimo, Enrique! Estudiaremos juntos las
lecciones. Y volví a casa contento. Pero no tengo el mismo maestro, aquel tan
bueno, que siempre sonreía, y no me ha gustado tanto esta aula de la escuela
como la anterior.
NUESTRO
MAESTRO
Martes,
18.
Desde
esta mañana, también me gusta mi nuevo maestro. Durante la entrada, mientras él
se instalaba en su sitio, se asomaban de vez en cuando a la puerta varios de
sus discípulos del año anterior para saludarlo: -Buenos días, señor Perboni.
Buenos días, señor maestro. Algunos entraban, le tomaban la mano y escapaban.
Se veía que lo querían mucho y que habrían deseado seguir con él. Él les
contestaba: -Buenos días –y les estrechaba la mano, pero sin mirar a ninguno;
durante cada saludo se mantenía serio, con su arruga en la frente, vuelto hacia
la ventana, contemplando el tejado de la casa vecina, y en lugar de alegrarse
de aquellos saludos, se adivinaba que le daban pena. Después nos miraba, uno
tras otro, con mucha atención.
Empezó
a dictar, paseando entre los bancos, y al ver a un chico que tenía la cara muy
enrojecida y con unos granitos, dejó de dictar, le tomó la barbilla y le
preguntó qué tenía, tocándole la frente para ver si tenía fiebre. En ese
momento un chico se puso de pie y empezó a bufonear a espaldas de él. Se volvió
de pronto, como si lo hubiera adivinado, y el muchacho se sentó y esperó el
castigo, con la cabeza baja y encarnado como la grana. El maestro se acercó a
él, le posó la mano sobre la cabeza y le dijo: -No lo vuelvas a hacer. No dijo
más. Se dirigió a la mesa y acabó de dictar. Cuando concluyó, nos miró unos
instantes en silencio, y con voz lenta y, aunque ronca, agradable, empezó a
decir: -Escuchad: tendremos que pasar juntos un año. Procuremos pasarlo lo
mejor posible. Estudiad y sed buenos. Yo no tengo familia. Vosotros sois mi
familia. El año pasado todavía tenía a mi madre: se me ha muerto. Me he quedado
solo. No os tengo más que a vosotros en el mundo; no poseo otro afecto ni otro
pensamiento. Debéis ser mis hijos. Os quiero bien, y debéis pagarme con la
misma moneda. Deseo no castigar a ninguno. Demostrad que tenéis corazón;
nuestra escuela será una familia, y vosotros mi consuelo y mi orgullo. No os
pido que lo prometáis de palabra, porque estoy seguro de que en el fondo de
vuestras almas ya lo habéis prometido, y os lo agradezco. En aquel momento
apareció el bedel a dar la hora. Todos abandonamos los bancos, despacio y
silenciosos. El muchacho de las piruetas se aproximó al maestro y le dijo con
voz temblorosa: -¡Perdóneme usted!. El maestro lo besó en la frente y le dijo:
-Bien, bien; anda, hijo mío.
UNA
DESGRACIA
Viernes,
21
Ha
comenzado el año con una desgracia. Al ir esta mañana a la escuela, contando yo
a mi padre, de camino, las palabras del maestro, vimos de pronto la calle llena
de gente que se agolpaba delante del colegio. -Una desgracia. Mal empieza el
año... -dijo mi padre. Entramos con gran trabajo. El conserje estaba rodeado de
padres y de muchachos, que los maestros no lograban hacer entras en las clases.
Todos iban hacia el despacho del director, y se oía decir: “¡Pobre muchacho”
¡Pobre Robetti!”. Por encima de las cabezas, en el fondo de la habitación llena
de gente, se veían los quepis de los agentes y la gran calva del director;
después entró un caballero con sombrero de copa, y corrió la voz: -Es el médico.
Mi padre preguntó a un profesor: -¿Qué ha sucedido? -Le ha pasado la rueda por
encima de un pie –respondió aquel. -Se ha roto el pie –añadió otro. Se trataba
de un muchacho del segundo grado que, yendo hacia la escuela por la calle de
Dora Grossa, y al ver a un niño del primero elemental, escapado de la mano de
su madre, caer en medio de la acera a pocos pasos de un ómnibus que se echaba
encima, acudió valerosamente en su auxilio, lo asió y lo puso en salvo; pero no
habiendo retirado a tiempo el pie, una rueda del ómnibus se lo había pillado.
Es hijo de un capitán de artillería. Mientras nos referían lo ocurrido entró
como loca una señora en la habitación, abriéndose paso; era la madre de
Robetti, a la cual habían llamado. Otra señora salió a su encuentro y,
sollozando, le echó los brazos al cuello; era la madre del otro niño, del
salvado. Juntas entraron en el cuarto, y se oyó un grito desgarrador: -¡Oh,
Roberto mío, niño mío!. En aquel momento se detuvo un carruaje ante la puerta,
y poco después salió el director con el muchacho en brazos, que apoyaba la
cabeza sobre su hombro, pálido y cerrados los ojos. Todos guardamos silencio;
sólo se oían los sollozos de las madres. El director se detuvo un momento, alzó
al niño en sus brazos para que lo viese la gente, y entonces, maestros,
maestras, padres y muchachos exclamaron a un tiempo: -¡Bravo, Robetti! ¡Bravo,
pobre niño! Y le hacían saludos cariñosos. Y los muchachos y las maestras que
se hallaban cerca le besaban las manos y los brazos. Él abrió los ojos y
murmuró: -¡Mi cartera! La madre del chiquillo salvado se la mostró llorando, y
le dijo: -¡Te la llevo yo, hermoso, te la llevo yo! –y al decirlo sostenía a la
madre del herido, que se cubría la cara con las manos. Salieron, acomodaron al
muchacho en el vehículo, y el coche se alejó. Entonces, silenciosos, entramos
todos en la escuela.
Responda
las siguientes preguntas
A) Qué
tipo de narrador encontramos.
1) interno protagonista
2) externo testigo
3) omnisciente
4) externo protagonista
B) Cómo
se llama el protagonista
1) Baretti
2) Enrique
3) Robetti
4) Roberto.
C) ¿Cuál es el nombre
del maestro?
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D) En tres líneas
relate lo que sucedió el viernes 21
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MSc. Franklin Chávez
DOCENTE
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